Bellos recuerdos de Cuernavaca

Cuando era muy joven, quizá a entre los 12 y 16 años, viajaba dos o tres veces al año a Cuernavaca, donde mis padrinos tenían una enorme casa, muy bella y con alberca. A veces iba yo solo, otras con mi hermano o con mis padres. Los muchos o pocos días que pasábamos por allá eran increíbles, no hubo alguna vez que me la pasara mal, pero bien dice que nada es para siempre y dejé de ir. Entre problemas familiares y otros económicos, ya no pude ir a uno de mis lugares favoritos. Pero hay muchos recuerdos con los cuales me quedé.

El más divertido es cuando enseñamos a nadar a mi hermano. El primer intento fue entre mi mamá y yo, pero a mi pequeño hermanito aún le daba miedo meterse a la parte más honda de la alberca. Así que en el chapoteadero le dije cómo le hiciera para patalear y bracear, lo cual hacía muy bien. Recuerdo que se llenó de tanta alegría de lo que estaba logrando que nos dijo: “Miren este truco”. Acto siguiente, parado en la parte bajita del agua que le llegaba a la cadera, se inclinó e introdujo su cabeza en la alberca. Los segundos pasaban, luego los minutos y nos dimos cuenta que se estaba ahogando. Rápido lo jalé de los cabellos y pudo respirar.

Morí de risa, pero no iba a ser lo único. Mi padre se hartó de enseñarle de una forma agradable, así que en cuanto lo vio fuera del agua lo agarró del traje de baño, le hizo calzón chino y a la cuenta de tres lo lanzó, sin salvavidas, flotis ni nada. Mi hermano comenzó a moverse como loco y logró salir a flote y dirigirse al chapoteadero.

¡Qué bellos recuerdos! Espero algún día regresar a aquel bello lugar.